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Cartas desde Venezuela: Reclamo para un recordatorio irónico y efímero

Los carteles eran equívocos: “NO MAS MUERTES”, que podía ser por los mil y un homicidios en la ciudad, especialmente los fines de semana. “ALUMBRADO Y REDUCTORES DE VELOCIDAD”, un reclamo directamente a la Alcaldía y al Instituto de Vialidad


Esta protesta fue un lunes a tempranas horas de la mañana. Serían las 7:30 AM cuando tomé la foto. Es la hora en la que estoy llegando a la parcela, con las noticias en la radio y el mate humeante. A esa hora aún el aire está fresco y la sombra del monte es larga. La tierra aún no se ha calentado, el rocío de la madrugada está en las hojas de las plantas. El día está para estrenar y disfrutar.

Pero ese lunes fue distinto. La noche anterior alguien atropelló a una señora y a su hijo en ese sitio, entrada al Asentamiento Campesino “El Palotal”. Huyó. Nadie vio nada.

Un muerto más por un anónimo que se dio a la fuga. Una vez más la Policía sin respuesta. El muchacho que manejaba la moto está en el CTI entre la vida y la muerte. La madre que iba de “parrillera” murió en el lugar, desangrada, sin recibir atención porque la ambulancia llegó muy tarde.

Los vecinos, cansados de esta historia reiterada, cortaron la circulación en la carretera denominada “negra”. No sólo por el color del asfalto sino por ser un lugar famoso para el depósito de ajusticiados por el hampa. Una carretera temida. Y que atravieso todos los días. Sin temor. No había paso para la parcela, ni para La Concepción, ciudad anexa a Maracaibo, destino de esta vía.

Estacioné el auto a unos metros de la quemazón de neumáticos. Había enormes troncos que también ardían. Me acerqué y vi a Tulio, el vecino del fondo, que estaba en la organización. También Gustavo, que es el responsable del tractor y el arado comunitarios.  Nos saludamos.

Tulio me presentó a la líder de la movilización. Apenas tenían unos carteles y me alegré que así fuera, porque en Venezuela nunca se sabe por qué se corta una carretera para protestar y en vez de conseguir un aliado para la lucha se provoca un enemigo que no puede llegar a su trabajo. No acostumbran comunicar la razón de su denuncia ó la solución exigida. Sin embargo los carteles eran equívocos: “NO MAS MUERTES”, que podía ser por los mil y un homicidios en la ciudad, especialmente los fines de semana. “ALUMBRADO Y REDUCTORES DE VELOCIDAD”, un reclamo directamente a la Alcaldía y al Instituto de Vialidad.

Un policía regional, es decir, del Estado Zulia, tomaba nota de los reclamos que formulaba la vecina “lideresa”; la Guardia Nacional observaba de lejos. Hablé por teléfono con Jairo, el colombiano indocumentado con el que trabajamos juntos y me indicó que por el basurero podía llegar a la parcela, que fuera. Así lo hice y llegué a mi lugar de cultivos. Al rato de estar observando las plantas, las columnas de humo negro eran mayores, sonaban sirenas, gritos y balazos. Empezó a correr gente entre los montes y la policía detrás, con bastones que golpeaban y derribaban. No importó que fueran mujeres, niños. No. Detuvieron a 17 vecinos, lastimaron a muchos, revolcaron mujeres de los cabellos por el piso mientras les daban patadas en brazos, piernas, costillas. Polisur mostró su lado represivo. Entre los detenidos, que pasarían a juez, estaban las líderes del Consejo Comunal Campesino. La protesta se disolvió como no lo había visto en 6 años de estar en esta tierra. A palos, a patadas, a tiros, a gritos; con policías de civil.

El miércoles al mediodía fui al velorio de la mujer que murió. Fue mi primer velorio wayuu ó goajiro, como quieran llamarlo. En la parcelita de 2 hectáreas había una enorme cantidad de gente sentada a la sombra en sillas de plástico. El cajón estaba en el alero del rancho. Entre la cocina y el galpón los familiares comían y bebían. Había más de 250 personas, familias enteras, los vecinos. Recé ante el cajón. Luego me preguntó Jairo si había visto a la muerta. Le contesté que si no la conocí viva para qué verla muerta.

Los goajiros en zonas rurales acostumbran celebrar el novenario. Por nueve noches se reúnen a rezar, comer y beber en honor de la difunta. Van los familiares y los vecinos. En algunos lugares bailan en las ceremonias fúnebres. Ese gasto en comida y bebida, mucho ron y cocuy de penca fortalece los lazos familiares y la relación con los vecinos.

Pero en la religiosidad wayuu detiene a los espectros, representados en los participantes del novenario y aplaca las travesuras y maldades que el muerto pueda hacer a los vivos. El muerto reciente reside en Jépira, una zona atópica, más allá de la Alta Goajira, en los desiertos. Desde allí puede atormentar a los vivos y es preciso que los niños especialmente ó los seres más queridos sean protegidos del muerto para que no se los lleve con él. Por eso es común que los niños pequeños sean pasados sobre el cajón para evitar que el muerto los moleste. O les retuerza el cuello. Dentro de 7 años, los familiares se reunirán para dar el entierro definitivo a la finada. Sacarán sus huesos, los lavarán y los calcinarán, hasta hacerlos cenizas. Recién estará de verdad muerta y las cenizas podrán estar en algún lugar de su casa.

……….

El jueves “dí la colita” a Omaira Alonso. Unos 700 metros que, de no llevarla en el auto debiera caminar hasta la escuelita de la comunidad. Nos presentamos y bromeamos por llevar ambos el mismo apellido. Me mostró los moretones en sus brazos y me comentó que aún le dolían los golpes. Entre sus comentarios me dijo que habían filmado la agresión policial. Que llegaron a un acuerdo. La alcaldía, de la que depende Polisur, pagó 10 millones de bolívares para el velorio; puso dos autobuses para transportar a los dolientes; compensó a los familiares con otra suma de dinero. Y pondrían reductores de velocidad para evitar más atropellados y muertos. Asimismo, asistirían al hijo en el CTI del Hospital Universitario. Todo ello a cambio de no denunciar la represión policial.

Cada vez que bajo la velocidad para pasar los reductores pienso en lo que ocurrió; pienso en los muertos y en los homicidas fugitivos; pienso en la brutalidad de la Policía; pienso en el sufrimiento de los más pobres y postergados; pienso en cómo arregla hasta la muerte el dinero entre los wayuu. Pienso, acelero, rebajo, otro reductor, otro recordatorio efímero. El espectro de la difunta se debe haber calmado. Los vecinos consolidados en su relación con la familia doliente. La entrada a El Palotal tiene sus reductores, no su alumbrado.

Alonso de Ojeda
3 de Febrero de 2012

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